Desmesura contra los ciudadanos

Del Ángel

Entre más nos ocupemos de deprecar, esto es, “castigar” verbalmente al presidente de la república en redes, más lo fortalecemos.

El imperio romano tardó centurias en caer, tanto como las que tarde en venirse abajo lo que quede de Estados Unidos luego de Donald Trump; aquí todo mundo saborea y piensa que, mediante decreto, Enrique Peña Nieto sería derrotado sólo con desearlo.

En esta queja inconforme de millones de voces que protestan en contra del gasolinazo, los perjudicados hemos sido millones, y quien ha sacado ventaja de todo ello ha sido el gobierno, la cúpula en el poder, residente en palacios que poco o nada tienen que ver con la miseria de millones de mexicanos al borde del desquicio.

Pero quienes eligieron a Enrique Peña fueron millones de conciudadanos también, que ahora apenas comienzan a cobrar conciencia del tamaño del error cometido.

Cierto es, las tomas de las casetas de peaje y el bloqueo de caminos carreteros solamente perjudican de manera parcial al gobierno que deja de percibir, por algunas horas recursos recaudatorios, pero es el grueso de la población el segmento más afectado.

El poder que nosotros como ciudadanos tenemos es inconmensurable y, en lo que le resta a la administración peñista debemos advertir no va a cambiar un ápice su perspectiva del México adolorido, ni tampoco va a bajar el precio elevado de las gasolinas o a propiciar el descenso en el incremento desmesurado de la devaluación y en los altísimos costos de la canasta básica.

No es que sea un presidente insensible a los desastres de la mayoría, sino que su pertenencia a una élite de poder lo califica en su calidad de defensor de esos intereses de clase, lo mismo que hizo de la Madrid, o Salinas o Zedillo, que para el caso es lo mismo. Más allá de los deberes y las obligaciones de un presidente, eso no existe, olvídenlo.

No fue que todos ellos vieran por el interés del pueblo ni siquiera en las peores épocas del populismo demagógico, con Echeverría y López Portillo, y conste que hay muchos que quisieran volver a resucitar a doña Esther Zuno de Echeverría vestida de tehuana, pero ese México no va a volver jamás a ese pasado demagógico, y no será dejando de comprar las marcas del capitalismo internacional como nos volveremos más cercanos a una temible aunque lastrada fe de que lo producido en México es de la mejor calidad del mundo.

No es saqueando centros comerciales como seremos mejores ciudadanos; las condiciones para la mexicanidad están dadas por el triunfo, pero algo nos frena en el fondo.

Si no hemos llenado de supermercados mexicanos el mundo es porque no nos lo creemos y la razón no está en que no contemos con los medios tecnológicos, financieros e industriales para lograrlo, sino que los mexicanos somos capaces de no creer en nosotros mismos.

El talento,  la capacidad, la inteligencia son las mejores armas de los mexicanos, si no, ahí está el joven Nungaray que es capaz de producir gasolinas a partir de la basura; el problema es que, como muchos, quiere que sea el gobierno el que le dé los primeros 18 millones de pesos para instalar su refinería.

Cuando lo correcto es promover su producto entre los empresarios privados y arriesgarse a que sean estos últimos quienes promuevan y compartan la idea; otro talento más al que no le hacemos caso.

Pues si somos tan geniales, tan superhombres, para el caso del superhombre de Federico Nietzche, la parte que nos frena es aquella que nunca aterrizamos en ningún lado y no salimos del atraso, la crítica feroz contra el poder público oficial, la dejadez, la abulia, la apatía, la indiferencia, la xenofobia y el clasismo que nos caracterizan, ¿no son todos esos factores para quedarnos varados siempre en el mismo lugar?

Nada va a aniquilar a Peña Nieto y a su equipo de bandidos, reconocido en todo el mundo por su voracidad, sino sólo el crecimiento moral e intelectual de los mexicanos; nada diferencia en la acción a los ladrones de cuello blanco de todos los partidos políticos de los saqueadores de centros comerciales y de conveniencia.

Estos últimos son los hijos no reconocidos por el PRI sembrados a nivel nacional, el cúmulo de millones de mexicanos irresponsables que solamente esperan a que el gobierno les dé, mediante subsidios y apoyos electoreros, los medios para resolver sus vidas.

Todo eso anima al PRI a seguir en el poder, los millones de mexicanos que no quieren superarse académicamente, profesionalmente, intelectualmente  y que aspiran a tener un negocio en la economía informal, al narco o a las migajas del poder.

Por eso, con nuestra actitud, legitimamos a Enrique Peña en ese ancestral método político sui generis de la política mexicana que tanto estudió Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad, al hablar de la forma de ser del mexicano, cuando hemos muy bien aprendido que a nosotros no nos gusta vivir de otra manera que no sea chingándonos los unos a los otro, todo lo cual legitima a Peña Nieto, lo fortalece, la martiriza y le brinda un poder mayor al original.